viernes, 12 de octubre de 2012

AMOR DE ULTRATUMBA (I de III) Relato de horror.





¿Cómo puede vivirse un amor, cuando aquel que conquista nuestro corazón murió setenta años antes de que naciéramos? Relato escrito por Ana Negra y Alma Oscura.


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Enfiló la recta que, flanqueada por los viejos nichos de muro, llevaban hasta la sepultura de Tomás Valero. La de la cruz, que, majestuosa, se alzaba hasta más de cinco metros de altura. Encogía el alma su contemplación a contraluz, recortándose contra el sol poniente, que teñía de fugo el cielo y de cobre las paredes que perfilaban el estrecho pasillo al reflejarse sus últimos rayos en las cristaleras que protegían las lápidas del polvo y la intemperie.

Tomas Valero… Debió ser alguien ilustre en la localidad. Una de sus calles llevaba su nombre. Cuando vio por primera vez su tumba y leyó el nombre en ella, no le cupo la menor duda. No indagó más sobre el asunto. Había sentido interés por hacerlo, pero finalmente no había llegado a ello.

Conocía bien el plano y la disposición del camposanto, sobre todo en su parte más antigua. No le gustaba demasiado la nueva, con sus losas de brillante mármol, perfectamente pulido y marcado con letras doradas. Ella prefería aquélla otra, con sus sepulcros deteriorados y olvidados. Le fascinaba la imagen que ofrecía, decrépita y quejumbrosa. Las viejas fotografías, amarillentas por el tiempo, que miraban desde otros tiempos sin entender las cosas de los nuevos, acompañadas por deterioradas imágenes y jarrones portadores de flores marchitas largo tiempo ha o de plástico.

Solía acudir allí a menudo. A meditar, a dejarse llevar por profundas reflexiones acerca de la vida y la muerte… Era Olivia, la gótica. La rara. La loca. Durante los tiempos del instituto, a menudo se fugó las clases para hacerlo. Allí, sentada sobre alguna de aquellas vetustas piedras, dentro de algún mausoleo cuando llovía o el sol caía a plomo, dejaba volar su mente hacia mundos extraños. Desconocidos, siquiera intuidos por sus compañeros. Ella era Olivia. La gótica.

Los muertos le hablaban. Desde aquellos retratos, dejaban intuir su esencia a través de sus miradas. Era como si en el momento en que posaron para ellos, hubieran sabido de alguna manera del trágico fin que les esperaba y hubiesen decidido plasmar su angustia existencial. Desde aquellas fotos, ahora grabadas en placas y portarretratos, miraban hacia el futuro en espera del día en que alguien, con sensibilidad suficiente como para leer su expresión, pasara ante su sepulcro.

“Andrés González Bautista. Fallecido a la tierna edad de 6 años. Tus padres, abuelos y hermanos no te olvidan”. Cuánta tristeza. El niño la observaba con sus grandes ojos oscuros. Atenta, muy atentamente. La observaba a ella. La veía. La sentía.

“Cuéntame niño. Cuéntame acerca de tu historia. Perdiste la vida en el 47. Ya no eran los tiempos de la tuberculosis. No de aquellos en que esa enfermedad suponía una sentencia de muerte. ¿Qué fue? ¿Quizá la carencia derivada de la posguerra? ¿Alguna pulmonía mal curada? Tus padres, seguramente, hará ya mucho que marcharon a reunirse contigo en el otro mundo. Tus hermanos estarán a punto de hacerlo, si no lo hicieron ya. Ya nadie en éste te recuerda. Nadie salvo yo. Olivia, la rara.”

Sí, la rara. Quizá no anduvieran equivocados quienes afirmaban que no andaba bien de la cabeza. La locura no es más que un oscuro pasillo que, a través de su siniestro trazado, nos lleva desde un punto de la realidad a otro. “La realidad”. ¿Quién podía afirmar qué era eso? ¿Era lo que quedaba antes de adentrarse en aquél, o más bien lo que se encontraba a su salida en el otro extremo?

Su afición por el eterno lugar de descanso fue en aumento desde su preadolescencia. Al principio se acercaba sólo en las horas de clase, si acaso alguna vez tras ella. Le gustaba asistir a los entierros. Al igual que otros se divertían en las bodas o los bautizos, ella se hallaba a sí misma en éstos. En medio del dolor de familiares y deudos que ofrecían el último adiós a un ser querido, Olivia encontraba su propia esencia, afín al dolor y el sufrimiento. Patética esencia. Negra, fúnebre… Ella era Olivia. La loca.

Cada vez se encontraba más a gusto allí, alargando su tiempo de permanencia. Aprendió a permanecer en silencio cobijada en algún panteón, cuando llegaba la hora del cierre. En otras ocasiones llegaba tras éste y saltaba la valla. Las había en que pasaba las noches enteras allí, durmiendo en compañía tan sólo del último silencio de los que fueron y ya no son. Era tranquilo. Relajante. Le gustaba. Tanto, que a menudo hubiese deseado no despertar, uniéndose a ellos en el mundo tras la tumba. La muerte era bella. Tan bella que ya en dos ocasiones había intentado ir a su encuentro. Las cicatrices en sus muñecas daban fe de ello. Ella era Olivia. La gótica. La rara. La loca.

Conocía bien todo aquello. Un día, mientras el enterrador, junto a sus ayudantes, daba sepultura a un nuevo inquilino, ella aprovechó y entró en su caseta para hacerse con la llave de la misma. Luego se acercó a la población para procurarse una copia y, tras ello, regresó para dejarla en tierra junto a uno de los grandes pinos que flanqueaban el camino asfaltado que hasta el cementerio llevaba. El hombre debió extrañarse mucho al encontrarla allí pero, en cualquier caso, no hubiera podido acertar a intuir lo realmente ocurrido.

Con ella obtuvo acceso a la base del sepulturero y así a todos los mausoleos, panteones y estancias del camposanto. Todas las conoció bien, pernoctando y divagando en cada una de ellas. Llegó a hacer del lugar su segundo hogar. Probablemente el primero en realidad. En naturaleza era más afín al mundo de los muertos que al de los vivos. Se encontraba más a gusto entre ellos que entre quienes seguían respirando.

Se sentó sobre el segundo de los tres escalones que, rodeándola y desde los cuatro costados, subían hasta en pilar sobre el que se anclaba la gran cruz. Pasó los dedos suavemente por la esquela.  “Tomás Valero. ¿Quién fuiste realmente, Tomás? Falleciste el 1893. ¿Un viejo alcalde? ¿Un hijo pródigo de la localidad?”.

Se escuchó el sonido de algún ciclomotor acercándose hasta la verja metálica de la puerta principal, siendo recibido por algunas voces excesivamente alegres para lo que cupiera esperar en un emplazamiento como aquél. Bernardo y su banda. El hijo del cristalero. El Bernie, el Lápidas, Pablo, el Negro… Ellos también se sentían atraídos por el lugar, pero era algo diferente a lo suyo. Eran punkys siniestros. Para ellos aquello era una fiesta. Para ella un sentimiento. A ellos les divertía lo lúgubre. Ella vivía sumida en una perpetua melancolía, de la que ni deseaba ni hubiera podido salir. No era lo mismo. En absoluto.

No le gustaba demasiado lo que hacían. Correteaban por allí gastándose bromas y tomándoselo todo a guasa. La muerte no era cosa de guasa. Era hermosa. El broche de oro a la vida. Hacía algunas semanas, habían destrozado la lápida de unos de los nichos de muro de la parte antigua, para sacar el ataúd que contenía y tomar la calavera de su inquilino. Decían que se la habían llevado de fiesta y acabó colgada en un pub punk de una localidad a unos 50 Km de allí. No le gustaba. Se defendían alegando que se trataba de una de las tumbas de la parte antigua. Según su lógica, eran muy antiguas y quienes en ellas descansaban no contaban ya con familiares que los recordasen, con lo cual a nadie dañaban. No le servía la excusa. Era una falta de respeto al propio lugar. El cementerio era un sitio de tranquilidad y reflexión. No le agradaban las burlas a la muerte.

Hoy andaban por allí de nuevo. Solían acercarse de vez en cuando. Más a menudo de lo que ella hubiese deseado. Se levantó para volverse. Hoy no se sentía con ánimo para soportar su ruidosa compañía. Sopesó la posibilidad de dirigirse a la puerta para llamarles la atención. “Bah, para qué…”. Sin más, se  giró para dirigirse a la  pequeña entrada trasera. Por allí podría salir sin que siquiera notasen su presencia.

Esta vez optó por el pasillo que hasta ella llevaba directamente, el último del camposanto, al otro lado ya la ladera del calvario que a la vieja ermita en su cima ascendía. Antes había venido por el paralelo, inmediatamente anterior. Le sorprendió encontrar abierta la vieja puerta de uno de los panteones, la cadena que la cerraba, tan oxidada y ruinosa como sus barrotes, tirada en el suelo.

Curiosa, la empujó hacia adentro para asomarse. Nunca antes la había hallado así. Tampoco había tenido ocasión de visitar su interior. La que abría el candado que la guardaba y ahora yacía partido junto a aquélla, suponía una de las pocas llaves que no se podían encontrar en la caseta del enterrador. Seguramente hacía mucho ya que no existía ninguna copia. Era como decían el Bernie y los suyos. Se trataba de tumbas y panteones demasiado antiguos. Ya nadie se acercaba allí a llevar flores. Nadie recordaba a sus inquilinos ni se preocupaba por ellos. Probablemente dejaron de visitarlos hacía ya muchos años. Nadie debía haber entrado allí desde entonces. ¿A quién pues podría interesar hacerlo? Debió perderse por puro desuso, en alguna de las reformas o en cualquier otra circunstancia, y después ya nadie la había echado en falta. El día que hubieran de derribar aquello o acceder al interior por cualquier motivo, forzarían o cortarían el candado o la cadena y en paz. Quizá ese día ya había llegado.

Algo vino a chocar con la parte baja de la puerta, obturándola. El sol ya casi se había ocultado en el horizonte, la oscuridad era ya casi total. Pasó con cierta dificultad por el hueco que había quedado entre aquélla y el marco, aguardando una vez dentro algunos momentos para adaptar la vista a la nueva situación de penumbra. Una vez lo hubo conseguido, se apercibió de la presencia de un cofre abierto en el suelo.

Otra vez lo habéis hecho, ¿eh?”.

El Bernie y los suyos. ¿Cómo no? Por el suelo permanecían desparramados los escombros resultantes de su siniestra actividad. Dentro de la caja, un esqueleto amortajado sin cabeza. Lo contempló ensimismada. El sudario era blanco, quizá amarillento. En aquellas condiciones de luminosidad no podía apreciarse bien. Decidió salir en busca de algún cirio encendido. Recordaba haber visto alguno en la parte de más abajo, ya en la zona nueva. Debía hacerse con algún mechero o similar, pensó. Resultaba útil en ocasiones.

Regresó al cabo de unos minutos ya con él. Efectivamente, presentaba una apariencia y textura a la vista cerosa, pajiza. Probablemente fue níveo en otro tiempo. Aquel color parecía resultado de la impregnación por los fluidos procedentes de la descomposición del cadáver.

Había otra tumba en el suelo. Debía pertenecer al familiar más insigne, distinguido o apreciado. Quizá tan sólo al primero que allí fue enterrado. Mientras la suya se ubicaba en el suelo y el centro de la estancia, las otras cuatro lo hacían en las paredes a su alrededor. Se inclinó para echar un vistazo al nombre en la lápida. Nuevamente, se vio sorprendida al descubrir un hueco al otro lado, que daba acceso a una breve escalera de piedra.

Decidió inspeccionar aquello, claro. Aquella era su casa. El cementerio. ¿Cómo puede quedar un solo lugar en la propia morada que no se conozca?

Lo de abajo venía a ser una réplica de lo de arriba. De nuevo una sepultura central y cuatro en los muros. Se acercó hasta la que le quedaba enfrente, acercando el cirio para echar un vistazo a la esquela.

Y entonces supo lo que era el amor a primera vista. Hasta entonces y pese a su naturaleza esencialmente romántica, había dudado de su real existencia. Ahora en cambio, sintió cómo el corazón le daba un vuelvo al contemplar aquella vieja imagen amarillenta. Era un rostro divino el que en ella aparecía. Un verdadero ángel. El ángel que siempre había esperado y no se atrevió a considerar que realmente existiera.

Casi no se atrevió a respirar siquiera. Con un dedo, acarició el sucio cristal que cubría la lápida para limpiar el polvo sobre él y así poder ver mejor en su interior. Con la propia tela de su vestido negro, terminó de quitarlo. Ella, tan señorita e impoluta siempre. Alguien le había dicho que los góticos venían a ser una especie de pijos siniestros. Tenía sentido. Gastaban en ropa mucho más que sus hermanos metálicos y su interés y cuidado por el aspecto resultaba muy superior. Si las góticas eran pijas oscuras, ella resultaba una aristócrata dentro de ellas. Sangre azul, que no plebeya, pija entre las pijas. El dinero de su padre, reputado y afamado cirujano, lo permitía, y su sensibilidad e innata elegancia y distinción lo imponían. Con todo, no dudó a la hora de ensuciar su carísimo modelo de Hirooka Naoto. Ella, claro. ¿No era acaso la loca?

Realmente sintió sus piernas temblar al mirar de cerca de los ojos a aquél ser de belleza indescriptible. ¡Era guapísimo! Sus cabellos rubios como la cerveza, sus ojos verdes como la hiedra en invierno. Se trataba de una fotografía en blanco y negro que, por tanto, no  permitía apreciar aquel detalle. Pero eran verdes. Lo sabía. Amaba los ojos verdes. Tenían que ser verdes. Muchas cosas fueron comprendidas en un momento. No tenían que serlo porque los amaba. ¡Amaba los ojos verdes porque los de él eran de ese color! Había nacido para amarlo. A él. A todo lo que él era y representaba. Sus predilecciones en materia de chicos, siempre se habían orientado a lo que ahora exactamente estaba contemplando. Era su compañero ideal. Había venido al mundo para encontrarse con el y un desconocido sentido había marcado y definido su atracción por la conjunción de características que sólo en él encontraría.

Tomo asiento sobre la lápida de la tumba del suelo, elevada unos 40 cm por encima del nivel de éste, dejando depositando el cirio a su lado sobre ella. Realmente necesitaba hacerlo. Había estado a punto de desmayarse a causa de la emoción y el profundísimo sentimiento vivido.

Tomó aire para serenarse un poco. Aquello había sido como un potentísimo golpe en el estómago que deja sin aliento. Un golpe que produce placer y no dolor, pero que aturde y hace perder el sentido igualmente. Ahora todo pasaba a tener otro sentido en su vida. Incluso sus relaciones con el sexo opuesto. A sus diecinueve años, hecho totalmente inaudito en las jóvenes de su edad, continuaba siendo virgen. Había tenido varias parejas, cómo no, pero ninguna consiguió llevarse el gato al agua. No era que se hubiese esforzado por permanecer así a la espera de su príncipe azul ni ninguna otra chorrada del estilo. Simplemente no se había sentido con deseos de acabar con esa situación. Ningún varón le había despertado interés suficiente para ello. En realidad, ninguno le había despertado interés en absoluto. Las veces que salió con diferentes de ellos, fue más por confusión adolescente, experimentando para conocerse a sí misma.

Ni siquiera Carlos, su actual pareja, había conseguido cambiar eso. El tío era un verdadero idiota. Guapo, muy guapo, ciertamente. Un morenazo por el que suspiraban muchísimas otras muchachas, pero que a ella no le despertaba ni frío ni calor. Había apostado con sus amigos a que conseguiría desvirgarla. El muy fanfarrón no era nada discreto, ni tampoco aquéllos. El rumor se había corrido y no tardó en llegarle. No le molestaba. La cuestión era que todas esas cosas la dejaban totalmente apática. Probablemente accediera. Conservar la virginidad no revestía para ella ningún interés, ni ésta constituía ningún valor. Quizá decidiera probar: Mera curiosidad por saber cómo era aquello que tanto parecía gustar a las otras chicas. Nada más. No le interesaba la mera sexualidad. Para ella, ésta rebasaba la frontera de lo puramente físico para ubicarse el la dimensión del erotismo mental. Lo que excitaba era lo que surgía en la mente, no lo que experimentaba el cuerpo a través de sus sentidos. Éstos tan sólo eran mensajeros, instrumentos de aquélla.

Ahora todo cobraba sentido. Para cualquier otra persona sería justo lo contrario, pero no para ella. Cualquiera hubiera desesperado al hallar que el amor de su vida, había muerto mucho antes de nacer uno mismo. “Gregorio Sabater Navarro. Fallecido en 1927 con veinticinco años.” Dejó el mundo casi setenta antes de que ella llegase a él. No suponía ningún obstáculo. No para ella. No para la amante de la muerte. Ni ésta ni el vacío del tiempo pretérito bastarían para separarla de su amado.

A partir de ese día, comenzó a visitar aun más asiduamente el camposanto. Cada tarde. Con ayuda de palancas se las ingenió para arrinconar el cofre profanado por los punkys, recogiendo todos los escombros para meterlos en él y cerrarlo de nuevo. Poca gente pasaba por allí y menos todavía resultaban aquéllos a los que se les ocurría echar una mirada al interior de esos viejos panteones. Aun así se trataba de una solución pasajera. Debía encontrar la forma de devolver la caja al interior del nicho y cerrar éste. Resultaba ésta demasiado pesada para hacerlo ella misma por sí sola. Ya pensaría algo. Por ahora estaba bien.

Pasó a cuidar del mausoleo con el mismo mimo y cariño con que una madre cuida de la cuna de su bebé. Buscó un nuevo candado para cerrar la puerta. Uno del que sólo ella dispusiera de llave. Hubo de dotarlo de una apariencia oxidada, para así permitir que pasara desapercibido y confundido con su predecesor. Fácil. Era una chica inteligente. Muy inteligente. De niña fue muy aficionada a los juegos de química y ya de mayor seguía dándosele bien ésta en los estudios. Fue tan sólo cosa de sumergirlo algunos minutos en una solución de sulfato de cobre.

Quedaba allí por horas, incluso a dormir muchas noches. En casa hacía ya que no se extrañaban cuando no lo hacía allí. Bastaba con que avisara para que no se preocuparan. Después de sus dos intentos de suicidio, sus padres, aconsejados por el psicólogo, habían llegado a la conclusión de que era mejor no hacerla sentir arrinconada y presionada. Cariño, mucho cariño. Éste lo había recomendado y ellos seguían la instrucción a pies juntillas. ¡Sic! Estudiar una carrera para eso. No era la falta de cariño, que de eso había andado sobrada con sus progenitores, lo que a ella le había llevado al borde de la muerte, sino la pura y poderosa atracción por ésta. En sus momentos de más profunda reflexión, la realidad vital llegaba a difuminarse y sentía que volaba libre hacia la oscura dimensión. La vida y sus circunstancias quedaban entonces sin significado y aquélla aparecía como una madre que, acogedora, extiende sus brazos para acogernos en su dulce regazo.

Hablaba con él. Pasaba horas haciéndolo. Hablaba de amor, de su día a día y sus experiencias a este lado de la realidad. Y él le contestaba. En sus deambulares por el cementerio, había aprendido a dialogar con los muertos. Les comentaba y hacía preguntas, e imaginaba cómo ellos le respondían. Estaba bien. Le servía. ¿Quién podría asegurar que sus propios pensamientos entonces, no estaban inspirados por ellos, que así le contestaban realmente? Tampoco necesitaba llegar a tanto. Simplemente le servía. Había un mundo en su mente. Con eso le bastaba.

A partir de algún indefinido momento, comenzó a difuminarse la conciencia de estar respondiéndose a sí misma al hablar con él. Algunas ideas y palabras llegaban a su cabeza como por propia iniciativa, como procedentes de una inteligencia ajena. En alguna revista, hace tiempo, leyó que los antiguos no tuvieron perfectamente delimitada su identidad diferencial en su cerebro, y como consecuencia de ello confundieron a menudo sus pensamientos con palabras de los dioses que les hablaban. Así Ulises o Heracles recibieron los “mensajes” de Atenea, o Eneas y Héctor los de Afrodita. ¿Era aquello lo que le estaba ocurriendo? ¿Estaba retrocediendo en la evolución de la conciencia? ¿Quizá más bien se adentraba en los negros pasadizos de la locura? ¿O quizá era realmente su amado el que con ella se comunicaba? Tampoco importaba. Era el mundo de su mente, su mundo, y en él ella decidía lo que valía y lo que no.

Fue en una de esas noches cuando los escuchó aproximarse. Era cuestión de tiempo. Tomando el afilado y agudo estilete de doble filo en su mano, subió las escaleras y se apostó a un lado de la puerta, el contrario de aquél hacia el cual había de abrirse. Oculta entre las sombras, acechante.

No tardaron en llegar. Al más puro estilo chorizo de barrio y entre risas, partieron el candado haciendo mutua palanca entre ellas con dos llaves fijas.  No habían vuelto a meterse con las tumbas. No sabía qué venían a buscar allí ahora. Quizá tan sólo hacerse alguna foto junto al muerto que habían descabezado. No le importaba.

En el momento en que, tras abrirse chirriante la verja, se adentró el primero de los punkys, pinchó rápida como una cobra y con decisión su cuello en el lateral.

-¡¡Ah!! –gritó el chico sorprendido, al tiempo que daba un salto hacia atrás.

 Salió ella de la penumbra entonces para encararles, siempre dentro del mausoleo. La contemplaron sorprendidos.

-¡Mala puta…! –escupió mirándola con odio el herido, la mano llevada a su cuello para presionar la herida.

 Ella simplemente continuaba observándoles impasible. El pulgar de la misma mano armada colocado sobre la hoja, había impedido que ésta profundizara más allá de lo deseado. Tan sólo había sido un pinchado de aviso, no un apuñalada mortal. Aprendió el truco de una amiga gitana, que le comentó cómo sus primos  hacían uso de él en algunas de sus reyertas.

-¡Te voy a reventar, guarra! –amenazó aquél al tiempo que hacía amago de avanzar, secundado por sus compañeros.


Un gruñido se escuchó entonces procedente de las tinieblas, surgiendo a continuación de entre éstas una enorme figura canina para colocarse a su lado. El morro arrugado para mostrar amenazadora los colmillos, su aspecto terrible. Realmente evocador del Can Cerbero, el mítico guardián infernal.

-Satán… -lo saludó ella acariciando su cabeza, siempre sin perder su mirada segura y suficiente.

Quedaron congelados en el sitio los punkys, abortada al punto su tentativa de avance. La observaron dubitativos. Todos habían escuchado acerca de los cuatro rottweilers que guardaban su chalet. Aseguraban que se trataba de bestias sanguinarias. Auténticos diablos. Su padre los había hecho adiestrar para cuidar de su “princesita”. Princesa oscura. Aquélla no era una mujer normal. Su semblante y mirada, más evocaban los de algún terrible diablo del Averno que los de una hembra mortal. Viéndola ahora, dentro de un panteón y en aquellas circunstancias, casi se tenía la seguridad de que así era realmente.

-Déjalo, Lápidas… -le disuadió el Bernie colocándose a su lado, tras él, con una mano sobre su hombro-. Está loca.


Pareció tambalearse.

-Me siento… extraño… mareado.

Buscó con sus ojos los de ella. Ojos oscuros, como los pozos de la muerte, enmarcados por una lacia y larga melena negra. Piel blanca, como la muerte… Sí, un diablo. Bella diablesa. Tan bella como terrible.

-Esta vez sólo fue una droga narcótica. La próxima la hoja estará impregnada con un veneno mortal.

Claro. La profesión de su padre le permitía el acceso a esas cosas. Se decía que era aficionada al tema y lo conocía bien.

Sintió que le fallaban las piernas, flaqueaba el valor. ¡Realmente estaba loca!

-Haced lo que queráis. El cementerio es grande, hay muchas otras tumbas y panteones. Éste queda fuera de vuestro ámbito. Si alguna vez volvéis a acercaros a él…

No acabó la frase. Su mirada  resultaba suficiente.

-Vámonos chicos. No está bien de la cabeza.

(Continuará...)

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